¿Qué fue de la gente, de la que un día me despedí?.
Un buen día decides romper con ese presente, te despides, y les das un adiós amable con frases de cortesía, que por ser corteses son inapelables, y les sueltas un “ya nos veremos por ahí”, final y lapidario. En el momento de la despedida, no se piensa en el significado de la misma despedida, en lo que conlleva, y es que no hay mejor disfraz para las palabras, que la cortesía.
Siempre he pensado en la ciudad de “ahí”, de rascacielos cuyo techo se pierde en las nubes, del cielo plomizo que los oculta, de la gente vistiendo como en la depresión americana de los años treinta, caminantes sin rumbo con trajes raídos, manchados de antiguos cafés, de copas de otra ciudad, sombreros ocultando la mirada, y una vieja maleta, que aun pesando mucho todos saben que esta vacía. Como una justificación para buscar a los demás, sin que se note que lo hacen. Un llevando algo que hacer, para hacer aquello que buscan. Y en ese vagar, se preguntan unos a otros “¿has visto a tal o a cual?”, y en la contestación una respuesta negativa, y un saludo, levantándose el sombrero para volver a calarlo en su sitio.
Y así me paso, deje a la gente que conocí almacenada en un rincón de la memoria. Sucede a menudo a lo largo de la vida, y a veces te planteas intentar volver de algún modo, retomar ese tiempo, volver a ver a esa gente, pero siempre surge la duda educada del no molestar.
Por circunstancias de la vida o cambios en el carácter, que siempre pensé que la gente no madura, simplemente cambia a pequeños trazos, quedaron almacenados en el rincón de la memoria, saliendo a veces a pasear, claro, a lo largo de los años, pero siempre en ese rincón, en una actividad pasiva. Y al final lo que te mueve es la curiosidad de una realidad cambiada. Me explico; cuando dejas de estar con alguien, el mundo cambia para uno mismo, no para los demás.
Aquellos que deambulan en la ciudad de “ahí”, tienen el mismo aspecto, trabajan en lo mismo, y piensan lo que uno piensa que pensaban.
Por eso a veces hay que tomar las riendas de nuevo, saber de las vidas de aquellos que en un momento de nuestra vida, formaron parte de ella, y dejar al margen la duda inevitable del no molestar.
Así es como lo veo, y así lo hice. Y puedo decir, que enriquece saber y estar ahí, no ya en la ciudad, sino en el presente que vivimos, con la gente que un día formo parte de nuestras vidas, y a la que quisimos, y movernos dejando a un lado esa duda, ya que es más fuerte; el sentimiento de saber que todavía les queremos.
Un abrazo, queridos personajes secundarios.