Prietenfernando

Agosto 3, 2007

Hoy como es viernes, pues un cuento

Archivado en: General — prietenfernando @ 4:04 pm

L E T E O  (*)

         

Había un hombre que miraba. Que miraba a una mujer llorando.

De rostro dulce, era la mujer.

Vivía lejos el hombre.

Todas las mañanas, de todos los días, de muchos meses, el hombre que vivía lejos; miraba.

Miraba a una mujer llorando. De rostro dulce, muy dulce.

Se sentía extraño, el hombre.

Algunas veces el hombre que vivía lejos, tocaba.

Tocaba las lagrimas, no la mujer.

Recogía lagrimas en sus dedos y bebía de ellos.

Y se iba a casa; vivía lejos el hombre.

Y por el camino de regreso iba vertiendo lagrimas de rabia e impotencia.

 “Tranquilo, todo se aprende”—dijo un día la mujer.

Algunas veces el hombre que vivía lejos, tocaba.

Tocaba a una mujer llorando.

Tocaba la piel, no la mujer.

Recogía el cálido sudor femenino en sus dedos y bebía de ellos.

Y se iba a casa; vivía lejos el hombre.

Y por el camino de regreso iba vertiendo lagrimas de rabia e impotencia.

 “La curiosidad es la base de los sentidos”—dijo un día la mujer.

Algunas veces el hombre que vivía lejos; desnudo, tocaba.

Tocaba tumbado a una mujer, llorando.

Sentabase entonces la mujer sobre el hombre desnudo.

Desnuda.

Sentabase lentamente la mujer.

Se movía la mujer sobre el hombre desnudo.

Lentamente.

Hacia calor,

Moviase más rápido la mujer…

fuera,

…como queriendo escapar.

y dentro.

Sudaba la mujer.

El hombre se quejaba.

Ella también.

Cada vez más.

La cara de la mujer; roja, sudando, cabellos en su rostro; caídos, mojados, mejillas encendidas, brillo en sus ojos; lagrimas, sed; en su boca,… en sus labios.

Y caía angustiado el hombre en las fosas del monte de Venus, y derramaba su llanto y su dolor, cubriendo la fosa con un gemido.

 “Quiero beber de las aguas del Leteo”—dijo un día el hombre.

Y la mujer dejole al hombre beber…

Acercole la cabeza la mujer al hombre y llevole a este por el recorrido de su cuerpo, por debajo de su centro, allá donde el monte forma sus colinas.

Caminó el hombre con la lengua, despejando el bosque hasta encontrar la gruta.

Abriose la gruta, henchida ante los pasos delicados de la inocente lengua.

…de las aguas del Leteo,…

Y bebió gozoso el hombre, del rojo cuenco, del fruto hinchado, lamiendo sus aguas, recogiendo su sabor.

…sudando por dentro,…

Y colmó su sed el hombre.

Y lamió el néctar de las tibias orillas, dejando al liquido fluir por la mujer; llenando el bosque de rocío.

Respirándolo.

…y seca de sed.

Quiso la mujer beber del hombre.

Y el hombre ofreció el sabor de ella a través de sus labios.

Unidos.

Derramados.

Y se iba a casa; vivía lejos el hombre.

Y por el camino de regreso iba vertiendo lagrimas de rabia e impotencia.

 “ Fácil es compartir, pero muy difícil entregar”—dijo un día la mujer.

Aun hoy, en algún lugar del atardecer, hay un hombre, que de regreso a casa va vertiendo lagrimas de rabia e impotencia.

Ya que bien es cierto, que no todos los que beben de las aguas del Leteo pueden olvidar su pasado.

Y con el pasado; el camino de regreso a casa.

 (*)—uno de los ríos del infierno, sus aguas hacían olvidar el pasado a quien las bebía. 

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