Prietenfernando

Agosto 10, 2007

La mujer que no queria ser besada- (otro cuento)

Archivado en: General — prietenfernando @ 4:41 pm

         

           La vieja lámpara de mesa parece dudar de su propia luz. Desprende un brillo cambiante en su tono, su forma, y su luz parpadea en ocasiones con un  fulgor débil  triste e inconstante. Esta  luz, este brillo, hace que Anna, ya cansada, coloque cuatro velas alrededor de la mesa. Velas de diferentes alturas y colores, usadas ya anteriormente en ocasiones más aparentes.

            Enciende con parsimonia monacal las mechas de las velas, que tosen  humo, tras tanto tiempo, y parecen brillar con la intensidad dolorosa de una lágrima que arde.

            Ordena sus folios, que sobre la mesa son hojas de otoño revueltas por el tiempo y coloca dos sobre el  pequeño atril, dándoles su debido protagonismo sobre los demás.

            Se acerca un cigarrillo a los labios, y con la monotonía habitual de alguien que fuma una cajetilla diaria, lo enciende, sin  dar importancia a unos movimientos ya mecánicos a esas horas de la madrugada.

            Expulsa el humo por entre esos labios, tantas  veces deseados y por tantos hombres. Hombres también tomados con la monotonía de los cigarros.

            Mira  las hojas colocadas en el atril, y las traspasa, en realidad no las ve. Esta mirando más allá, hacia dentro, a ella. A ella cuando tenía quince años y conoció a su primer hombre.

            A él sí le besó. Sus primeros besos, esos cargados de inocencia. Ese verano de juventud, de su primer amor, de su primera pérdida. Ahora recuerda la imagen. El sobre ella, besándola, con besos que se van haciendo menos románticos y más voraces, que buscan su cuerpo y no sus labios. Que ella no negó, porque él dijo, que era lo normal.

            Pero, ¿Qué iba a hacer?. Si sólo tenía quince años.

            Él tardó diez minutos en acabar, para luego quedar con ella, a su lado tendido y repitiendo lo cojonudo que había sido.

                    “Por lo menos tuvo el detalle de darme un beso”-piensa ella.

                    (El beso de la despedida, ¿Recuerdas?).

            Sí. Ella no le volvió a ver más. Desapareció. Ya conseguido lo que quería, se desvaneció, rehuyéndola todo el verano.

                    “Mi primera derrota”.

            Frota sus ojos con fuerza, demasiada como para vencer el sueño, y así, con las primeras legañas de la madrugada, desaparecen también los recuerdos no llamados, no  deseados.

             Concentra la vista en las hojas y decide substituirlas por otras.

                    “Segundas hojas, segundo amor”.

                    (¿Cuál fue tu segundo amor?).

                    “Aquel con el que estuve tres años y perdí, y aún no se porque”.

                    (Porque era, como tú eres ahora.).

                    “¡No!”.

                    (Era perfecto, ¿Verdad?).

                    “Sí que lo era”.

                    (¿Todavía te gustaba besar?).

                    “Deseaba besar”.

                    (Pero a él le gustaban otras mujeres y tú no lo viste).

                    “Si lo vi”.

                    (¿Y por qué no le dijiste nada?).

                    “Por… miedo”.

                    (¿Sigues pensando qué hiciste algo mal?).

                    “¿Y no lo hice?”.

                    (No te eches la culpa. Él era así y lo seguirá siendo. Y a ti te amo, aunque tú lo negaras después. Te quiso demasiado, por eso te dejo).

                    “No lo entiendo, ¿Cómo pudo dejarme, si me amaba demasiado?”.

                    (Porque tuvo miedo.).

                    “¿Qué tipo de miedo es capaz de hacer eso?”.

                    (El que tú tienes ahora).

            Se levanta. Se levanta impulsada por un deseo repentino de ducharse. Las llamas de las velas tiemblan y parpadean ante el brusco  movimiento para después reencontrar las monótonas sombras. Y  va a la ducha, encendiendo todas las luces que encuentra su paso.

                    (¿Escapas de la oscuridad?).

            Se desnuda y mete en la ducha. Abre la llave del agua fría y deja que ésta recorra su cuerpo en un intento vano de no caer en el sueño del recuerdo.

                    (¿Recuerdas la noche qué te dijo adiós?. En un bar, a las cuatro de la madrugada, mientras tomaba una ultima cerveza. Tú no lo esperabas. Te agarró la mano, y lo dijo. Él esperaba que tú fueras fuerte, que no te desmoronarías).

                    “Pero yo caí”.

                    (Y él lo pasó mal, ¿Verdad?).

                    “Me alegro, se lo merecía. Después de todo él me había traicionado, salía con otra”.

                    (Porque era un pájaro enjaulado).

                    “¡Y qué!, yo también, y a mí me gustaba la jaula”.

                    (Pero él quería ser libre.).

            Sale de la ducha desnuda, y desnuda va a su cuarto, secándose levemente por el camino, casi sin interés, para llegar y sentarse en la silla. Las velas continúan impasibles en su vago brillar. No desea vestirse. Está bien sentir frío, el frío de su cuerpo, de su desnudez, de las tímidas gotas que reposan en  ella. Echa hacia atrás los hombros y la cabeza, mientras una de sus manos se pierde por recorrido de sus muslos.

                    (¿En quién pensarás cuando te masturbes?).

                    “No lo sé”.

                    (¿En Raúl?, tú primer amante).

                    “No, ese me folló”.

                    (¿Qué te atrajo de el?).

                    “No sé, quizás su apariencia física, era fuerte, aparentaba ser mayor, y hasta que me consiguió, me sentí protegida”.

                    (Defendía su propiedad).

                    “Sí, tal vez. No lo niego”.

                    (¿Sufriste con él?).

                    “No, no fue sufrimiento, fue traición. Tal vez esperé más”.

                    (Entonces, ¿Pensarás en el segundo?).

                    “No, me dolería”.

                    (¿Y qué hay de malo?, ¿Acaso no es puro el  dolor del amor?).

                    “No. Es dolor esclavo, un dolor que he intentado olvidar, un dolor que vuelve a mí”.

                    (Porque lo añoras).

                    “¡Cómo voy a añorarlo!”.

                    (Porque el te lo robó).

                    “Sólo me robó el primero, y fue mi virginidad lo que perdí”.

                    (El segundo robó más de ti).

                    “¿Qué?”.

                    (Dímelo tú).

                    “¿Mi inocencia?. Si me robó eso, no lo lamento, desde entonces ya no fui tan tonta”.

                    (Y con la inocencia, el último beso).

                    “Pero, ¿De qué sirve la inocencia, si te hace sufrir?. ¿De qué sirve?”.

                    (Por eso te cerraste, ¿Verdad?. Fue una venganza contra los hombres y esa extraña crueldad que poseen, ¿Verdad?. Por eso te convertiste en una amante fría. Por eso deseabas, y sin tener, tenías. Hasta que llegó el último. El cartero poeta. Al que esta mañana has dejado. El único que te pidió amor).

                    “Sí, me cerré, pero no tiene porqué significar perdida, sino maduración”.

                    (¿Te acuerdas de los hombres que pasaron después por tu vida?. Fueron muchos en poco tiempo. Y dejaste tu cuerpo para que jugaran con el).

                    “Hubo varios, sí”.

                    (Ellos no te pidieron besos).

                    “Sólo al principio”.

                    (¿Qué recuerdos guardas de ellos?).

                    “De uno, su olor a tabaco, fumaba constantemente, incluso cuando follaba”.

                    (¿Cuándo follaba?. Acaso él, ¿No te hizo nunca el amor?).

                    “Ni él, ni los demás”.

                    (¿Quiénes fueron los demás?).

                    “Hubo un fotógrafo. Era divertido. Me pedía posar desnuda para él. Me sacaba unas fotos y luego me contemplaba. Era romántico, ¡Sí! Pero sólo para él. Interpretaba siempre la misma escena y me recordaba a los pintores parisinos que pintan a sus modelos y después no pueden evitar acostarse con ellas”. Siempre creí que lo hacía por eso. Me sacaba dos o tres fotos, tras pedirme más de mil veces que cambiase de postura, luego me miraba con ojos de lujuria, me tocaba, y se acostaba conmigo”.

                     (¿Y qué pasó?).

                    “Nada, simplemente me aburrí.”.

                    (¿Quedan más?).

                    “Sí, hombres de borracheras en fiestas, de físicos atractivos, del último bar que queda abierto, de noches aburridas”.

                    (¿Hombres tomados con indiferencia?).

                    “Sí”.

                    (¿Cómo aquel otro que sólo te llamaba para acostarte con él?).

                    “Sí”.

                    (¿Qué te iba a buscar, y sin cruzar apenas palabras contigo, te llevaba en coche a algún sitio perdido, y os dedicabais a follar, para  después llevarte de vuelta, con casi menos palabras que en la ida y quedabais para otro día?).

                    Se levanta, va al armario y saca de su oscuridad una bata, que se pone. Hace frío y ya no quiere sentir el frío. Es un frío intenso, y con las velas aún encendidas, en esta madrugada del viernes, se tumba en la cama intentando olvidar, porque los recuerdos que tiene duelen, cada vez más, poco a poco, pero cada vez más.

                     “¿Y mí último amante?”.

                    (El cartero poeta, como tú le llamabas).

                    “¿Porqué como yo le llamaba?”

                    (Recuerda que les ha abandonado esta mañana, ya no le podrás llamar poeta, tan sólo en el recuerdo, pero a él, a él ya nunca).

                    “Mi pequeño poeta”.

                    (¿Cómo le conociste?).

                    “Me trajo una multa”.

                    “Aún no sé qué vio en mi”.

                    (¿Qué hacía?).

                    “Metía poesías en el buzón”.

                    (¿Y le pillaste, verdad?).

                    “Sí, recuerdo que estaba sentada en el descansillo de la escalera, esperando, y cuando le pille se puso rojo como un tomate”.

                    (¿Qué le dijiste?).

                    “Le pregunté a ver si lo hacía para follar conmigo”.

                    (Y el te contesto que no).

                    “Ya”.

                    (¿Acaso lo dudas?).

                    “¡No!, sólo al principio, pero no, definitivamente no”.

                    (¿Cómo te fue con él?).

                    “¿Cómo me fue?. No sé. Estuvo bien, pero algo falló, algo fallo…”.

            Y mientras se va quedando dormida, le ve a él entre la neblina que se va formando ante sus ojos. Su cuerpo se relaja, y lentamente se pierde en ese último recuerdo, de un sueño, lejano, distante, que poco a poco, a hurtadillas, despacio, se acerca a ella, a paso lento.

                    -¿Qué pasa?, ¿Quieres follar conmigo?-dijo ella desde el rellano de la escalera, mirándole de soslayo, mientras sostenía un cigarro entre sus dedos.

            Él se sobresalto, no esperaba que le pillasen, y se le cayeron todas las cartas al suelo.

                    -No-acertó a decir.

                    -Entonces, ¿Por qué me escribes poemas?-continuo inquisitiva.

                    -No se, supongo que me gustas.

                    -Lo supones o lo sabes, el amor no se supone. Se sabe o no se sabe-replico enérgica mientras tiraba el cigarro al suelo.

                    -Lo sé.

                    -Vale, recógeme hoy a las siete.-y dicho esto, se fue.

            Y él la recogió a las siete, y ella lo paso bien con él, y él siguió escribiendo poesías, poemas, sueños, y todos los días pidió un beso de sus labios, y todos los días marchó a casa con el beso negado, todos los días, siempre su esclavo, siempre pendiente, a la espera, disponible, siempre queriendo, deseando, siempre esperando, mártir de sus deseos, y siempre, en la vuelta a casa, con la triste sonrisa del eterno deseo.

            Y ahora su figura se desvanece, como humo, frágil, como si nunca hubiese existido, difuminándose lentamente hasta llegara perderse, a perder, a perderlo, perderlo….

            Despierta sobresaltada, con la respiración agitada por el sueño.

                    “¿Por qué le dejado?”.

                    (¡DUDA, MIEDO, INOCENCIA, ORGULLO, PERTENECER, RESPONSABILIDAD, LIBERTAD!).

                    “¡No!”.

                    (Por qué le quieres, porque le quieres y no te atreves a querer, porque tienes miedo de dar más y no recibir, por el orgullo que nació del sentimiento perdido, por la responsabilidad que deseabas, por la libertad que no quieres, por tu inocencia, que repudias cuando intenta ser rescatada).

                    (Porque has luchado mucho para no sentir, y te has visto débil. Porque tú le amas. Porque deseas besarle).

                    “¡No!”.

                    (Porque la vida te ha dado golpes, y tú no has querido sufrir, y eres alguien que no quieres, encajas los golpes y cambias, encajas y cambias, y pierdes. Pierdes tú, y te pierdes a ti).

                    (Porque ya no sabes distinguir un golpe de una caricia).

                    -¡No!-grita rompiendo el silencio de una mañana que se despereza y despierta.

                    -¡No!-repite, mientras sus ojos vacíos, miran sin ver la luz del amanecer, que entra cautivada, solitaria, extendiendo su manto suavemente, matando la bruma de la mañana, la bruma que siempre acecha, que desaparece, rasgada, agonizante, retirándose cobarde ante la luz del sol, la luz doliente de la verdad. Luz que mata la validez de las velas, que ya no poseen la fuerza suficiente para luchar contra la luz verdadera.

                    (Si, y tú lo sabes).

                    -Si-dice ahora quedamente, mientras una lágrima resbala lentamente por su rostro. Una lágrima que escuece, por ser la primera en mucho tiempo. Por tener su razón en un motivo casi olvidado.

                    (¡Llora por tu cartero, llora!. Como lloraste por el otro, por ti. ¡Llora por tu vida, llora!. Llora por tu poeta,  por el único que te quiso, por el que no besaste, por él… ¡Llora!).

            Y ella acepta y acata la orden. Y llora. Llora por él, por ella, por los años perdidos, cerrados y oscuros. Por el miedo, de ella misma, de creer dar mas, de no ser querida. Por el orgullo que la impidió sentir. Por todo el vacío.

            El timbre del portal rompe la quietud silenciosa de la mañana.

            Ella seca sus lágrimas, que no quieren dejar de fluir, y va a la puerta.

                    -¿Quién es?-pregunta con voz lejana.

            Escucha la respuesta y abre.

            Cuelga el telefonillo y queda esperando, indecisa ante la puerta. La abre y, sin salir, desde dentro, escucha los pasos apresurados de alguien que sube.

            Él  llega, con la respiración agitada, y queda mirándola con ojos de redención, de culpa, a ella que con una bata y la mirada lejana, espera, espera dentro de la casa.

            El la quiere decir, que sí, que la culpa fue suya, sólo suya, que no es nadie para decirla nada, que no ha podido dormir en toda la noche, que no ha hecho más que pensar y pensar  y que lo siente, lo siente tanto, tanto, que está derrotado, vacío.

                    (¿Estás preparada?).

                    “No lo sé, tengo miedo”.

                    (Deja que te bese y así puedas sentir los besos, los iniciales-inocentes, los siguientes-apasionados, e incluso los últimos-derrotados).

                    “Tengo miedo”.

                    (¿Y acaso este miedo no es bueno?).

                    “¿En qué?”.

                    (Demuestra que aún estás viva).

                    -Acércate-dice ella.

            El se acerca y queda esperando, a un paso de ella.

                    -Entra en mi vida-le pide.

            Y él, la toma entre sus brazos rodeándola, lenta, suavemente y quiero pensar que si, que como el príncipe del cuento, con el primer beso de amor, la despierta.

            Aunque la vida nos haya enseñado, que igual, probablemente, ella no le hubiese abierto la puerta.

            Pero a pesar de saberlo, y por la necesidad de algo en lo que creer, todos seguimos llamando.  

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