El otro día entró una persona en el bar, donde suelo tomar yo el café, era uno de los parroquianos habituales del lugar, y vino contando que le habían puesto una multa por exceso de velocidad y que le habían quitado no se cuantos puntos del carné de conducir.
Ante una desgracia ajena, la gente suele responder con una sonrisa, se ríe por dentro, es esa extraña crueldad que posee la naturaleza humana, se alivian por que no les haya pasado a ellos, y muestran esa sonrisa, como diciendo “vaya ostia te han dado con eso” o “¡si!, ¡no jodas!, 600 euros de multa”, “con eso, se te jodieron las vacaciones este año”. Y esperan detalles jugosos para que el que narra, enriquezca la historia, de cara a contarlo, luego ellos por ahí. Es una manera fácil de servirse de la desgracia ajena, para hacer menos infelices la situación de sus vidas, pensar que alguien pasa por un mal momento, les hace ver ese espejismo ilusorio de que ellos tienen suerte. Existe ese paradigma entre el fuerte sobre el débil, el que esta bien sobre el que esta mal, y la situación de este mundo que reside en que para que haya riqueza, debe existir la pobreza.
Y es muy triste escudarse en la desgracia ajena, para aliviar la vida propia.
Imaginemos que la misma persona entra en el bar y dice que en la lotería primitiva del sábado, le han tocado 2 millones de euros.
Que diría la gente del bar, y aquí dejo esa pregunta en el aire. ¿Cual seria la reacción?, ¿alegrarse por su suerte?, ¿felicitarle?
Ojala aprendiéramos a escuchar y a reaccionar en consecuencia, sin dejarnos llevar por nuestros propios miedos.